Ya sé a dónde
te tengo que llevar.
Al lugar dónde las ruinas
son lo más bonito,
casi casi como tú.
Otro monumento a medio
derribar,
que debería nombrarse
patrimonio artístico de
la humanidad.
Tu nombre debería
aparecer en todas las guías
de aquellos que viajan,
que buscan, que persiguen,
que huyen de algo,
de alguien o de sí mismos.
Encontrarte para encontrarse,
eso me pasó a mí.
Me tropecé con tus escombros,
me di la hostia de mi vida,
y me la sigo dando cada día.
Ya sabes eso de que las
personas tropiezan dos veces
con la misma piedra.
Yo no tropiezo,
yo me caigo de boca.
Ya me gustaría tropezarme
todos los días contigo.
Intentar reconstruirte,
reconstruirme.
Prohibirte la entrada
a los aeropuertos,
a no ser que vayas conmigo,
y hacerte cumplir de una vez
la orden de acercamiento.
Arreglar eso que no tuviste
que tocar para romperlo,
eso que se rompe
con sólo mirarlo.
Pero no unos ojos cualquiera,
sólo esos que en diez días
consiguieron que en nueve
meses no haya podido pensar
en otra cosa,
sólo en ellos. Esos ojos.
Todos los caminos llevan
a Roma, o eso dicen.
Yo te llevaría a Roma
al revés,
si prometes no darte
la vuelta y dejarme
en ruinas.